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Alejandra Robles “La Morena” en Tututepec.

16 May

Oaxaca: Entidad afrodescendiente


Era admirable la arritmia del tío que bailaba el son de la garza. “Te chingastes canilludo”, cantaba el violín de “Sones de varita”, secundado por un guitarrista parco en la voz y en el rasgueo. La imagen del tío bailando me remitió, de inmediato, a la de mi padre haciendo lo mismo sobre la greda de Santa María del Rincón, Ejutla, estancia de afrodescendientes en el Valle de Oaxaca. Otro ingrediente a favor de esa memoria es la voz de Alejandra Robles, creciendo sobre los palios de una tarde de abril en Tututepec.
En Oaxaca, así como en muchas regiones de México, nuestra educación sensible está alimentada por la música y el baile. Hablemos de las ocho regiones del estado, ninguna con historia distinta respecto a lo fundamental; sustentada, esa historia, en el aporte de los pueblos originarios sin exclusión de alguno por el matiz de su piel. Sería imprudente e injusto, soslayar el gran aporte de las tradiciones a la educación; nos ha provisto de facultades poco atendidas, por las formas de enseñanza convencionales que se intentan en las aulas de una escuela, o en los corredores húmedos y a veces sórdidos de los curatos. Educar es trascender en el que se educa, y es lo que procura nuestra sociedad comunal; las estrategias de formación funcionalista y competitiva, pretenden todo lo contrario. En esta comunidad nos han enseñado a saludar y, de manera muy responsable, a hacerlo con nuestros mayores, a pedir permiso, a no igualarnos, a compartir, a ser solidarios con las causas justas, a dar tequio, a trabajar para ganarnos el sustento. No hay un mejor medio para educarnos que este lugar que nos eligió como sus hijos predilectos. El currículo prescrito por las estructuras de poder, poco tiene que hacer ante esto, son formas de dominio repetidas desde que los zanzíbares condujeron a nuestros ancestros por el corazón de tinieblas de la esclavitud lacerante, desde que el encomendero sojuzgó el alma noble del indio mesoamericano, desde que el mundo “civilizado” nos ubicó como un proveedor ahora ya no inagotable de materia prima.
Vuelvo a la imagen del Tío bailando a su gusto en la explanada de Tututepec, vuelvo a la voz caudalosa de Alejandra cobijada por el sonar añejo del fandango de varita y reparo en la certeza de que somos una comunidad que ha girado, que gira en el vórtice ya imparable de la tradición y la costumbre. No coincido bien con los que buscan el reconocimiento de las estructuras de poder, esas que nos han querido reducir al olvido por siglos; coincido, en forma plena, con la propuesta de auto reconocimiento e identificación de nuestros valores, desarrollados a pesar y en contra del infortunio y el sojuzgamiento. Dejemos que el Tío de Tututepec baile sin un plan premeditado, dejemos que Alejandra recree con su virtuosismo las coplas que igual caben en la Malagueña curreña como en los versos del Palomo. Eduquémonos en la comunidad, elaboremos un plan de resistencia, el encomendero aún sigue ahí; los zanzíbares están tramando foros para hacer visibles formas de asistencia cercanas al paliativo que antes representaban la inanición y la muerte.

Las actitudes asumidas como el menosprecio, distingos, y discriminación, no son de nuestra idiosincrasia; nos fueron impuestas para ser asimilados al régimen de conquista y subordinación; esta práctica se volvió un círculo vicioso, porque al fomentarnos la desconfianza, nos fuimos marcando diferencias por el color de la piel, de los ojos, la estatura, la lengua y la manera de hablar. Contaba un tío abuelo mío, emigrado a la zona cafetalera de Pochutla, que en Xanica, comunidad de la sierra sur, le llamaban catrín, y en Huatulco le daban el trato de yope. Optó por quedarse en Xanica, intensificar su relación con los habitantes de ese lugar, demostrar que sus expectativas no eran distintas a las de ellos, hasta lograr al fin ser aceptado y ser nombrado presidente municipal. La decisión que tomemos en relación a lo que queremos ser, no pasa por la voluntad de los que manejan el poder económico y político en la entidad. Pero son tantas las falacias que nos ha imbuido el sistema rapaz, que la tradición de nuestra comunidad se ha visto en serios riesgos; por fortuna, hay en nuestro temperamento arraigado una propensión a no perdernos del todo en la execrable conducta propuesta por el sistema a través de sus aparatos de ideologización; a saber: la escuela, las religiones, los partidos políticos y, en estos tiempos, los medios masivos de comunicación potenciados por el internet y sus milagros tecnológicos. Hasta aquí nos hemos referido de manera muy general al fomento de los valores en nuestra comunidad, partiendo de la familia desde luego; haría falta agregar la necesidad de darle su importancia, que la tiene, a nuestras formas de comunicación, considerando en un plano destacado las lenguas autóctonas, pero también el cúmulo de palabras que tienen este origen, y que saturan el idioma oficial que hablamos nominado, indistintamente, como castellano o español; o castilla como también es costumbre decirle. También hay juegos y pasatiempos muy propios de nuestra cultura, señalemos a la pelota mixteca, las carreras a campo traviesa, los papalotes, los baleros, el tejo, la rayuela y demás. Volver a la sabrosura de la comida tradicional, a nuestros cantos, seguir bailando lo que hemos bailado y seguiremos bailando, porque el ritmo de la sangre es más fuerte que el ruido producido por un programador. No hacemos aquí referencia al currículo formal, es a propósito; si la educación se forja en dos cunas entrañables, la del hogar y la de la comunidad; tendría que cambiarse el sistema político, educativo y económico para contar con un tercer espacio, apropiado a las necesidades de una educación con sentido de comunidad y dirección de humanidad. Pero es hablar de una verdadera revolución educativa, económica, política y moral; algo que nos remite a la noción de utopía, que seguiremos buscando pese a todo, en el afán de luchar por una causa común, la liberación de nuestros pueblos y el porvenir de las generaciones que esperan lo mejor de nosotros.

Educarnos en comunidad es ver claro, identificar cual ha de ser el motivo de nuestra defensa, a quién nos enfrentamos. El sistema político sustentado por un modelo económico, concatenados por una propuesta educativa a modo, lo que menos quiere es darnos la opción como base social, para plantear la forma de cómo organizar nuestras expectativas de crecimiento y desarrollo, a ellos les sigue interesando solo lo que representan las riquezas naturales donde vivimos y nuestro potencial como mano de obra barata. Para ellos es más urgente excluir la franja costera para ofertarla a las transnacionales y convertir la zona húmedas del Río Verde en un erial, que mejorar las condiciones de vida de las comunidades costeñas, dotarlas de una infraestructura mínima para dar impulso a la industria pesquera y turística; procurar que cuenten con los servicios indispensables de alumbrado, agua potable y drenaje, así como rehabilitar decorosamente los espacios educativos, cuidar su equipamiento y asistir con becas a los niños y jóvenes para que puedan seguir con su formación académica. No les interesa, los distintos niveles de gobierno no están para eso; están para retribuirse favores y sostener el status quo, favorable a los pocos y desfavorable a los muchos. Que nuestras formas tradicionales de convivencia, sirvan para alentar un cambio necesario, que evite la crispación social y su consecuente ruptura, hay voces llamando a reconsiderar las estrategias hasta ahora ineficaces, hay sobrados motivos para declarar una alerta nacional, ante el desempleo, la narcoviolencia, y la sordera incurable de nuestros gobernantes. Una sociedad inmóvil está destinada a desaparecer; una sociedad que recupere la honra, a través de la reivindicación de costumbres vigorosas en su educación, jamás se venderá al mejor postor, ni medrará en la complacencia y la resignación. Educarnos tiene que ver con eso, perseverar en eso, no dejar que ahora nos esclavicen los partidos políticos, la telebasura, las sectas del oprobio. Nuestra entidad oaxaqueña lo sabe, es cuna de espíritus ilustres, de hombres libres; la costa como parte de ella también, es un potencial para el desarrollo humano e histórico de nuestros pueblos; siempre que evitemos que nos quieran archivar en anaqueles distintos los que llegaron y se quedaron a manipularnos con la divisa de divide y vencerás. Además opino que Javier Sicilia es mi padre, mi hijo, mi hermano.

Fernando Amaya

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Publicado por en 16 mayo, 2011 en Articulos

 

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